Nos metimos las manos en los bolsillos, sin querer, y la frente sintió el fino aleto
de la sombra fresca, igual que cuando se entra en un pinar espeso.
Las gallinas se fueron recogiendo en su escalera amparada, una a una.
Alrededor, el campo enlutó su verde, cual si el velo morado del
altar mayor lo cobijase. Se vio, blanco, el mar lejano, y algunas
estrellas lucieron, pálidas. ¡Cómo iban trocando blancura por
blancura las azoteas! Los que estábamos en ellas nos gritábamos
cosas de ingenio mejor o peor, pequeños y oscuros en aquel silencio
reducido del eclipse.
Mirábamos el sol
con todo: con los gemelos de teatro, con el anteojo de larga vista,
con una botella, con un cristal ahumado; y desde todas partes: desde
el mirador, desde la escalera del corral, desde la ventana del
granero, desde la cancela del patio, por sus cristales granas y
azules...
No hay comentarios:
Publicar un comentario